Javier Carreró


Quienes alguna vez anduvimos descalzos por las incipientes calles de barro de un lugar llamado Macondo nos creemos con derecho a desahogar nuestra pena por la desaparición de Gabriel García Márquez, antes de que el brote panegírico se extinga.

Macondo, en mi mapa de lector viajero, es una especie de antípoda literaria de Comala. En este último pueblo —que limita al norte y al sur con la nada y al este y al oeste con el infinito— un personaje deambula en pos de sus orígenes, buscando a Pedro Páramo (Piedra Desierto), rodeado de inquietantes presencias oníricas y meditabundas, en un escenario yermo que fue… Pero Macondo no, Macondo es lo contrario. Por mucho que sepamos que se trata de un trasunto literario de Aracataca (Colombia), en Macondo todo nace, es una semilla que brota de la nada o del infinito, germina, crece y desarrolla un mundo insólito en el que todo es vida. Somos muchos los que en Macondo hemos sido felices, los que hemos creído ver en las casuales apariciones del gitano Melquíades una especie de… no voy a decirlo. ¡Hermoso el cuadro de Las meninas, de Velázquez! Cien años de soledad es un siglo de vida mágica. Cada lector tiene sus preferencias, ¡solo faltaba! En mi humilde opinión, Cien años de soledad es una de las mejores obras narrativas escritas en español durante el siglo XX.

Aunque mi preferencia ha quedado clara, es innegable que el legado literario de Gabriel García Márquez abarca mucho más. No me considero fan absolutista de su obra, pero además de las altísimas cotas de placer literario alcanzadas en la citada Cien años de soledad, podríamos decir que he disfrutado muchísimo con Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba, Relato de un náufrago o Memoria de mis putas tristes. Mis deudas son varias y visibles, especialmente dos, que son las que pretendo saldar cuando se atenúe el fulgor. Por un lado, Vivir para contarla, obra de la que me vi en un principio alejado por una especie de prejuicio que sostengo —a veces, a mi pesar— contra las autobiografías o las biografías, en general. Y por otro lado, El amor en los tiempos del cólera, de la que en un principio me apartó el inoportuno visionado de su versión cinematográfica, que ha de reposar y diluirse en el tiempo antes de que me permita la osadía de sumergirme en las páginas del libro aun conociendo la historia.

El caso es que Gabriel García Márquez, a través de su literatura, ha hecho feliz a mucha gente y yo soy uno de ellos. Y le estoy agradecido porque, por muy tópico que resulte decirlo, su obra pervivirá y de ella se nutrirán, siempre que me sea posible, mis hijos y mis alumnos.

Solo me queda la congoja de señalar que la muerte no sorprendió a García Márquez. Suponemos que tenía la misma certeza que tuvo cuando escribió las primeras líneas del último día de Santiago Nasar. Y muere en México, voluntariamente exiliado, en la patria de Juan Rulfo, autor de Pedro Páramo, obra que había sido publicada en 1955, doce años antes de la publicación de Cien años de soledad y que, sin duda, García Márquez había conocido y leído. En fin… no puedo evitar la tentación de pensar que Gabriel García Márquez nació en Macondo y fue a morir a Comala porque sabe que hay un túnel mágico que conecta ambos lugares y lo retorna nuevamente a las incipientes calles de barro de un lugar por el que alguna vez anduvimos descalzos, donde vive, donde todo empieza de nuevo y aparece, de vez en cuando, un gitano llamado Melquíades.

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